Alemania, independientemente de dónde se la ubique y cómo se la defina, algo no fue con seguridad: el sólido Estado central en el corazón de Europa que, cual el tan citado mítico roble, resistió a los embates de los tiempos, creciendo más alto hacia el cielo y con raíces más profundas en la tierra. No, tampoco el Sacro Imperio Romano-Germánico dominó como un bloque pétreo un milenio en el centro del continente. Por el contrario, fue una laxa unión de los más diversos elementos, tribus, ciudades Estado y abadías, mantenidos juntos más mal que bien por reyes y emperadores electos, la Dieta Imperial y las Cortes Imperiales… y que por ello fue probablemente tan vital y resistente.
La Confederación Germánica de la era pos napoleónica se desintegró luego de 52 años, con la guerra prusiano-austriaca. El “Imperio” de Bismarck de la Gran Prusia y la pequeña Alemania se pavoneó un par de décadas hasta la Primera Guerra Mundial, producto no por último de su problemática existencia: el Imperio no era lo suficientemente poderoso como para dominar a Europa ni lo suficientemente débil como para integrarse en una coalición de los Estados civilizados de Europa Occidental, ni estaba lo suficientemente seguro de sí mismo como para osar llevar a cabo reformas en dirección a una monarquía constitucional. Hasta su miserable fin transcurrieron 47 años. La República de Weimar resistió a sus enemigos 14 años. El “Imperio de los Mil Años” del “Führer” se fue al infierno después de doce años.
60 años de la República Federal: ello es, medido por el crónico desorden y las vertiginosas transformaciones de nuestra historia, una maravilla de estabilidad. 60 años de paz europea son un milagro, que nuestro continente experimenta por primera vez en los dos mil años de nuestra era, gracias al “equilibrio de la disuasión” entre ambas potencias mundiales pertrechadas con armas nucleares y al sentido común de sus gobernantes, pero sobre todo a la pacificación de Alemania a través de su inclusión en la Unión Europea y la Alianza Atlántica.
Europa en la mira
La creación de Europa fue desde el primer día la razón de ser de la República Federal… y lo ha seguido siendo hasta este aniversario. Simultáneamente, éste es el año de la gran crisis, para la Unión Europea quizás un año decisivo, en el que son puestas a prueba la fortaleza de sus instituciones, la resistencia contra toda forma de proteccionismo, la estabilidad del euro y sobre todo la solidaridad entre sus miembros.
La incorporación hace dos décadas del segundo Estado alemán, socialista, a la República Federal, más grande, no fue, como nos quiere hacer creer algún vendedor de resentimientos conservadores, la “restauración del Estado nacional bismarckiano-alemán”. Justamente no, gracias a Dios. En primer lugar, es dudable que el “Segundo Reich” de Bismarck respondiera al ideal del “Estado nacional” según el modelo de la Revolución Francesa (que probablemente haya alcanzado su perfección sólo una vez: en la propia Francia).
No puede haber un Estado a la Bismarck sin Prusia, que los Aliados borraron del mundo en 1947 de un plumazo, porque la tuvieron por cuna de las ambiciones militaristas y nacionalistas alemanas de gran potencia. Y no se engañaron tan profundamente como nos hubiera gustado: sólo hay que pensar en la estrecha alianza de la nobleza prusiana con la resistencia nacionalista contra la democracia y su capitulación incondicional ante el “Estado del Führer”. En el ínterin, recientes investigaciones han revelado que mucho más de la mitad de todos los miembros masculinos de la nobleza perteneció al Partido Nacionalsocialista o a una de sus organizaciones. En el otro Estado alemán, a través de la expropiación de los bienes raíces, el Gobierno militar soviético les quitó para siempre a los “junkers”, los aristócratas prusianos, la base material de toda pretensión de influencia social.
Para la inclusión de la RDA en la República Federal “unida”, la pertenencia de ésta a la Unión Europea fue una condición básica, de la que dependió sobre todo la aprobación de Francia. Más aún: el Presidente François Mitterrand dio a entender fría y claramente a su amigo el Canciller Federal Helmut Kohl que deseaba reforzar aún más la pertenencia de Alemania a la UE a través de una Unión Económica y Monetaria. A los alemanes –como siempre temiendo por su sacrosanto marco alemán– no les sirvió de nada titubear. No obstante, por lo menos lograron definir tan estrictamente los criterios para ingresar al círculo de los países del euro, que al final suspiraron aliviados al constatar que ellos mismos lograban satisfacer esas condiciones. Por otro lado, se aseguraron –una decisiva concesión, sobre todo de Francia– la completa independencia política del Banco Central Europeo (de acuerdo con el estricto modelo del Bundesbank).
Refugio de esperanzas
No obstante, los alemanes observaron con cierto temor la sustitución de su amado marco alemán por el euro. El escepticismo del Canciller Federal socialdemócrata Schröder (que habló de un “nacimiento prematuro”) no fue justamente un aliento. Pero la noche del cambio de moneda, del 31 de diciembre de 2001 al 1 de enero de 2002, se transformó, para sorpresa de los gobernantes y de los propios ciudadanos, en una fiesta popular espontánea: de pronto, los alemanes, franceses, italianos, belgas, holandeses y –no por último– los luxemburgueses parecieron redescubrir que esta Europa seguía siendo el refugio de sus esperanzas, a pesar de que en la política cotidiana, Bruselas era vista como chivo expiatorio general de todos los errores y debilidades de los Gobiernos nacionales y difamada por los gruñones ciudadanos como dominio de pérfidos tecnócratas.
De pronto todos –y particularmente los alemanes– parecieron estar nuevamente seguros de que Europa es la gran tarea que nos legaron millones de víctimas de los regímenes totalitarios y la Segunda Guerra Mundial, ya sea de los campos de exterminio, los frentes, las ciudades destruidas por las bombas o las caravanas de fugitivos. No basta con la advertencia “¡nunca más guerra!”. No fueron sólo las ventajas económicas las que para los pueblos liberados del ex imperio soviético hicieron ver la pertenencia a la UE como un resplandeciente objetivo. Para esos pueblos, el concepto de “nación” pareció conservar cierta inocencia como refugio ante el totalitarismo. Por ello no sintieron la misma urgencia de las generaciones de posguerra de Occidente, para las que lo esencial era crear instituciones europeas que nos defendieran de la ira destructiva de los nacionalismos y las ideologías totalitarias –en caso de que volvieran a surgir– a través de la valla protectora que suponen los intereses comunes y un poder común. Da lo mismo que esa defensa se lleve a cabo a través de un Estado federal europeo o una federación de Estados o de una nueva mezcla revolucionaria de ambos elementos, como reúne efectivamente en sí la Unión Europea existente: una novedad de derecho constitucional e internacional, que prueba claramente la productividad de la voluntad de unión.
Si no nos engañamos, también los Estados de Europa Oriental miembros de la Unión Europea están reconciliando su definición tradicional de nación con su pertenencia a Europa. Toman nota de que la desde hace tiempo hueca realidad de la “soberanía” –la idea central del Estado nacional– sólo puede recuperar una limitada vigencia con su traspaso a la Unión Europea.
En el preámbulo de la Ley Fundamental, de 1949, se lee: “Todo el pueblo alemán está llamado a consumar, en libre autodeterminación, la unidad y la libertad de Alemania”. La reunificación ha cumplido esa gran tarea que la Ley Fundamental dio a los ciudadanos alemanes. Sin duda no por la alharaca nacional de los políticos en su retórica de discursos domingueros. Más bien gracias a la estrategia de “pequeños pasos” de Willy Brandt, de apertura hacia Europa Oriental, que comenzó a disolver casi inadvertidamente el denso tejido del Estado policíaco de las “democracias populares”, que en un principio pareció impenetrable. Con los Tratados de Helsinki. Con el valor de acordar un desarme parcial, que insufló por fin vida a la voluntad de “distensión”. Naturalmente también con los atractivos de la “Unión Europea”, que gracias al Acuerdo de Schengen dio a sus ciudadanos lo que era el más preciado sueño de los seres humanos detrás de la Cortina de Hierro: la (casi) incontrolada libertad de viaje y movimiento.
La ampliación de Europa
Luego de cumplir con la tarea “nacional” de la reunificación, el primer deber de los alemanes continúa siendo la perseverante construcción y ampliación de Europa, tal como siempre fue desde 1945. Kurt Schumacher, presidente del Partido Socialdemócrata, no comprendió en los diez años de aislamiento en prisión (y no pudo comprenderlo), que, con el ocaso de los ídolos del Tercer Reich, el nacionalismo alemán se había apagado por tiempo indeterminado y quizás (lo que sería lo mejor) para siempre. También tuvo dificultades para entender que el Estado nacional, por lo menos para Europa, había sido invalidado en forma horrorosa como ideal histórico, incluso liquidado. El Estado nacional había evidenciado ser un fatal error, que, como mucho, pudo servir para la organización de la existencia social de un pueblo, pero de ninguna manera como garantía de un orden europeo de paz, ya que fue la causa de conflictos crónicos. Del viejo Konrad Adenauer se dijo con razón que su cultura política tenía sus orígenes mucho más atrás de la época de Bismarck y que justamente por ello era un adelantado de su época. El renano no se sintió nunca un “prusiano”. A Adenauer se lo acusó incluso de “separatismo” cuando era Alcalde de Colonia, en los tiempos de la República de Weimar. Adenauer ciertamente aspiraba a la separación de Prusia, pero no de la República alemana. Su federalismo europeo armonizó perfectamente con el pensamiento básico del gran lorenense Robert Schuman, que en aquellos años marcó la política exterior de Francia, y con el del noritaliano Alcide de Gasperi y el socialista belga Paul Henri Spaak: los padres fundadores de Europa, cuya fuerza pragmática fue superada aún por el visionario realismo de Jean Monnet, encargado de asegurar en Washington durante la guerra el abastecimiento para las tropas del General de Gaulle.
Ese sobrio cerebro de la vieja familia Cognac esbozó –ya mucho antes que callaran las armas– junto con sus brillantes asistentes norteamericanos (entre ellos el más tarde Viceministro de Relaciones Exteriores George Ball), las ideas para la creación de Europa. Monnet impuso desde un comienzo a sus compatriotas las mismas condiciones que a los alemanes vencidos: ésa fue la clave del éxito de sus osados planes, tales como el control conjunto de las industrias europeas del carbón y del acero, más tarde también de la industria química (sin la cual no puede ser llevada a cabo ninguna guerra).
La europeización de Alemania
No, las visiones de esos tecnócratas nada tenían que ver con la creación de la quimera de un “Occidente carolingio-católico”, de lo que se acusó a Adenauer. Si bien Monnet fracasó con su gran proyecto de una “Comunidad Europea de Defensa” debido a las resistencias de la alianza nacionalista tardía compuesta por gaullistas y comunistas, tampoco de Gaulle pudo ni quiso terminar con la Europa de los Tratados de Roma después de su retorno al poder. De Gaulle comprendió con sorprendente sensibilidad que el Canciller Federal Adenauer no veía la unión de la mayoría de los alemanes con la Comunidad Europea sólo como una decisión política, sino también como una decisión intelectual y cultural. Ello no era entonces un sobreentendido. Aún a Thomas Mann había movilizado en la Primera Guerra Mundial (en sus “Consideraciones de un apolítico”) la fatal superstición de que el concepto de “civilización” de Occidente se contraponía al concepto alemán de “cultura”, el único refugio del alma que le sale al paso al “progreso” racional. La literatura versus la poesía. La música versus la teatralidad. El orden populista versus la democracia. El alma de la clase media alemana permanecería alejada de la realidad por largo tiempo aún mucho después de que Thomas Mann hubiera renunciado a sus valores de oro falso. Thomas Mann fue quien al fin y al cabo acuñó la bonita frase de que la misión no es la germanización de Europa, sino la europeización de Alemania.
Esa europeización es la que festejamos en el 60 aniversario de la República Federal y los 20 años de la caída del Muro de Berlín. Muy bien sabemos que la tarea no ha sido cumplida aún. Tampoco lo estará con la ratificación del Tratado de Lisboa. En vista de la crisis, necesitamos hoy más que nunca una especie de gobierno económico y financiero, que defienda a toda costa los mercados abiertos y la cohesión de la zona del euro. Y naturalmente también necesitamos la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, que –unida con los Estados Unidos en una alianza inquebrantable– debe disponer de sus propios medios de poder. Con otras palabras: no debemos hacer esperar mucho tiempo a la Constitución Europea.
Klaus Harpprecht
es uno de los más renombrados periodistas alemanes y desarrolla también variadas actividades literarias. Harpprecht, nacido en 1927, fue durante muchos años corresponsal de la cadena de radio y TV ZDF en Washington, director de la editorial S. Fischer Verlag, escritor de discursos y asesor de Willy Brandt. Es autor de más de 20 libros y coeditor de la muy apreciada serie de libros “Die Andere Bibliothek”. Harpprecht, que nació en Stuttgart, vive actualmente en el sur de Francia.












