Hace calor en la palaciega Haus Carstanjen, un calor desagradable. El aire pesado se percibe como si ya se hubieran cumplido los peores pronósticos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), según los cuales la temperatura de la atmósfera terrestre se elevará en 6,7 grados hasta 2100. Pero en la sede de la Secretaría de la Convención sobre el Cambio Climático en Bonn, la atmósfera pesada se debe simplemente a que es un tormentoso día de verano. Por añadidura, cientos de ordenadores recalientan las oficinas. Los 400 empleados deben prescindir del confort de un sistema de aire acondicionado. Y no se trata de un noble gesto. “El edificio simplemente carece de sistema de climatización”, señala John Hay, el portavoz de la Secretaría, quien es titular de un pasaporte alemán y otro británico.
Sus colegas y él compensan esa carencia con ventanas abiertas que favorecen la corriente de aire. Si bien no es confortable, ello recuerda con ríos de sudor el sentido de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC): la Tierra tampoco dispone de medios propios para mantener la temperatura de su atmósfera a los actuales 15 grados.
Mejor están los otros 350 empleados de las Naciones Unidas en Bonn repartidos en 18 secretarías y oficinas. Trabajan en el antiguo edificio del parlamento alemán, el “Langer Eugen” del otrora barrio gubernamental de Bonn. Hasta 2011 la Secretaría del Cambio Climático también se mudará al llamado “UN-Campus”.
Los planificadores deberán tener en cuenta que crecerá sensiblemente el grupo de protectores del clima provenientes de más de 60 países. “Para 2011 habrá 500 colaboradores”, comenta Hay. Ello es consecuencia de que la protección del clima está cobrando cada vez más importancia en la agenda política y que la Secretaría debe procesar un número cada vez mayor de datos, y preparar cada vez más textos de convenios y conferencias. Casi cada día hay una reunión en el mundo sobre el tema. Uno de los departamentos – dirigido por la sudanesa Salwa Dallalah – se dedica exclusivamente a esa tarea. Y eso que los comienzos fueron humildes. Hay lleva ocasionalmente a los visitantes al recinto Marshall del “castillo“, en la parte antigua de la Haus Carstanjen, construida en 1892. Allí se reunían de 1949 a 1953 los empleados del Ministerio Federal de Asuntos relacionados con el Plan Marshall, es decir, del programa de reconstrucción de Europa financiado por Estados Unidos. “Cuando la Secretaría del Cambio Climático se trasladó en 1996 de Ginebra a Bonn, los entonces 16 colaboradores cabían aquí sin problemas”, cuenta Hay. Hoy no hallaría lugar suficiente aquí ni la cuarta parte de los empleados.
Si se convocara a una asamblea de todo el personal, habría abogados que redactan los textos de los convenios, además de físicos y matemáticos que dominan los abundantes datos y evalúan si las medidas del Protocolo de Kyoto para la reducción del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero realmente reducen el impacto climático. A ellos se sumarían ingenieros que pueden asistir a Estados y empresas en los llamados proyectos MDL (“Mecanismo de Desarrollo Limpio”), un instrumento importante en la implementación de las normas internacionales de protección del clima. Los países signatarios del Protocolo de Kyoto pueden implementar las medidas de protección del clima previstas para ellos en países en desarrollo y a la vez ayudarles a desarrollarse de forma sostenible. Hasta fines de agosto de 2009, la Secretaría del Cambio Climático tenía registrado casi 1800 proyectos MDL en 57 países, 622 de ellos en China y 450 en la India. Unas tres cuartas partes de los proyectos son de generación de energía. “El programa es muy popular”, comenta con alegría David Abbass, responsable de proyectos MDL en la Secretaría.
Una parte de su trabajo consiste, por eso, en explicar cómo funciona el paquete de medidas: ahorrar emisiones de gases nocivos allí donde es más barato, “porque a la Tierra le da igual dónde sucede”, puntualiza el experto canadiense. Lo decisivo es “que los efectos sean perceptibles y adicionales”. Una planta de tratamiento de residuos en África, por ejemplo, que fue instalada por una empresa alemana, no hubiera podido realizarse a corto plazo sin el proyecto MDL. La evaluación de los proyectos está a cargo de una oficina de peritos. La comprobación del efecto adicional de protección del clima es imprescindible, puesto que, por su intervención en el proyecto, la empresa en cuestión recibe un certificado oficial, una especie de derecho de contaminación que puede vender en los mercados a la cotización del día.
Pero no solo empresas pueden comprar certificados en las bolsas de emisión, sino también países que según el Protocolo de Kyoto deben reducir su emisión de gases con impacto en el clima. “Esos países pueden adquirir las llamadas Reducciones Certificadas de Emisiones (RCE), y así cumplir parte de sus compromisos de reducción de emisiones”, explica Abbass la idea central del concepto. De todos modos también tienen que reducir su emisión de gases nocivos. Como todo es bastante complejo, la Secretaría del Cambio Climático tiene la función de ayudar a los países en la elaboración de su inventario de emisión de gases nocivos.
Lamentablemente, el progreso en las negociaciones sobre clima es lento. Ello se pone en evidencia en los preparativos para la Conferencia sobre el Cambio Climático en Copenhague en diciembre de 2009, en la que se quiere nada menos que establecer nuevas normas de protección del clima para el Protocolo de Kyoto que expira en 2012. En el recinto Marshall de la Haus Carstanjen se ve el cartel con el que en su época se promovía la reconstrucción económica de Europa – y cuya configuración parece casi profética de lo que debe hacer la Secretaría del Cambio Climático. Se aprecia un molino de viento típico de las granjas estadounidenses. Cada una de sus 16 aspas está decorada con una bandera europea. Abajo dice, en inglés: “No importa el tiempo – el bienestar solo lo alcanzaremos todos juntos.” También los protectores del clima podrían propagar sus ideas con este cartel. Solo que el molino de viento debería tener 200 aspas, una por cada Estado de la Tierra.












