Si el Neues Museum fuera una vivienda particular, todo nuevo inquilino diría que la casa se halla en un estado deplorable. Revoques cascados y agrietados en varias capas, muros resquebrajados, huellas de incendio, huecos con impactos de bala, vestigios de anegamientos y signos de deterioro por doquier. “Necesidad imperiosa de saneamiento y modernización” sería el diagnóstico de cualquier maestro de obras. Pero no es el caso en la Isla de los Museos, ya que el estado actual del museo es el resultado de las reformas ya efectuadas. A diferencia de un domicilio propio, estas “carencias” en la construcción de 150 años de antigüedad muestran las huellas de una historia cambiante que trata de destrucción e idealismo, ciencia y ceguera nacionalista. Por haber aportando una idea concluyente, que no oculta la Historia sino que la muestra tal como debe ser narrada, el arquitecto británico David Chipperfield recibió en 1997 el encargo de transformar el remanente bélico de Friedrich August Stüler en un verdadero museo. Prusia, el Imperio, el nacionalsocialismo, la RDA, y el presente globalizado han dejado su impronta en la edificación de estilo clasicista. El rescate del Neues Museum que fue reinaugurado por la canciller federal de Alemania Angela Merkel el pasado 16 de octubre, después de 70 años de abandono, plasma una novela hecha arquitectura sobre la comunidad de destino de la díada cultura y nación. Porque en esta edificación cada detalle clama por relucir, cada mancha de pintura alberga cultura y simbolismo.
Cariátides y columnas jónicas, tímpanos y arcadas, la obra de Stüler sobrevivió la guerra de bombardeos y la demolición parcial en los años 1950. Ello da fe del claro deseo de Prusia de presentarse como sociedad culta y civilizada siguiendo el ejemplo de la Antigüedad. Frescos de dioses de la guerra y valkirias en la “Sala de la Patria” manifiestan en cambio la gran influencia que aún ejercía en el siglo XIX la idealizada figura germana del héroe. Omnipresentes son las huellas de bombas incendiaras y esquirlas de granada, así como las pruebas de la desidia con la que la RDA trató la herencia cultural prusiana, completan esta novela arquitectónica con muchos capítulos gráficos adicionales. Chipperfield, un conservacionista del modernismo clásico, no sólo puso en escena la Historia a través de coloridos restos de material, sino que además los reinterpretó en forma escrupulosa y sobria allí donde habían desaparecido los legados originales. Logró recuperar la parte destruida del ala norte y la colosal escalera central de Stüler en sus proporciones originales pero no en su lenguaje arquitectónico. Los nuevos componentes son abstractos y libres de ornamentos, reducidos a la estructura y a la materialidad. Ese lenguaje sobrio de hormigón y pavimento grisáceo, así como los muros de ladrillos rojizos, con los que Chipperfield sustituyó las pérdidas materiales, aseguran una percepción del espacio bastante genuina, y logra algo que una mera reconstrucción histórica de Stüler no hubiese conseguido: conferir al museo un beneficioso equilibrio entre diversidad y austeridad.
Probablemente no haya otro museo en el mundo que sea tan rico en estilos y personalidad. Las diversas referencias y alusiones arquitectónicas de Stüler y el espectro de las soluciones espaciales, desde bóvedas de cañón hasta salas imperiales que él mismo diseñó, sumado a los colores fuertes de las salas de exposición conservadas y los restos de los frescos murales, generan un continuo cambio de sensaciones. La atmósfera del Neues Museum con sus cuatro plantas seguramente debería generar irritación en vista de la conservación de huellas históricas, la desnudez abigarrada de muchos componentes otrora revestidos y las extravagantes figuras de restos ornamentales y materiales. Sin embargo, la sobria cortapisa que Chipperfield impone en todos los espacios donde hubo que suplir la destrucción total con elementos nuevos, garantiza la necesaria armonía y templanza.
Al recorrer las cuatro plantas y dos alas del Museo Nuevo, el visitante cambia continuamente del encanto deteriorado y sombrío de la parte antigua a la nobleza geométrica y luminosa de las nuevas salas. Si por ejemplo sale de la penumbrosa sala con cúpula de Stüler, en cuyo centro se halla el busto de Nefertiti iluminado teatralmente en sus proporciones ideales, acto seguido entra en las salas estructuradas con sus angulosas y claras vigas de hormigón y la gran plataforma, que Chipperfield instaló en el Patio Egipcio. Allí se presentan los bustos y esculturas de Egipto en un trítono de acero, vidrio y hormigón, lo cual intensifica especialmente su voluptuosidad.
El museo alberga en la actualidad diversos aspectos de la Antigüedad: además de la colección egipcia, en especial su galería de retratos de más de 30 siglos que permite extirpar el difundido prejuicio de la representación estereotipada de los egipcios, se encuentra en el Neues Museum temas tan diversos como las grandes migraciones y el hombre de Neandertal, dioses y ataúdes, la Edad de piedra, y Roma, eslavos y alemanes.En diversas formas de presentación, el Neues Museum reúne cascos de gladiadores, hachas, filósofos griegos y máscaras sonrientes, incluye trozos de cuentas de vidrio derretidas por efecto de bombas incendiarias.Además de los restos de las excavaciones de Troya de Schliemann y Nefertiti repartidos por el complejo, también hay hallazgos arqueológicos sensacionales: el joven de Xanten, un sirviente mudo extraído de las aguas del Rin que atendía en los banquetes romanos, un sombrero de oro con tablas astronómicas que se llevaba en el sur de Alemania hace unos 3000 años, o la colosal estatua del dios del sol griego “Helios”.
Éstos se hallan en la sala tal vez más bella aunque también más íntima, que Chipperfield creó en sustitución de la base arquitectónica destruida. Para la sala con cúpula sur, Chipperfield hizo construir una cúpula de varias capas de ladrillos oscuros, basada en un plano cuadrado que crece hasta transformarse en una cúpula redonda con farol azul. Desde aquí, el dios desnudo puede observar todo el museo hasta la antigua sala con cúpula norte, desde donde Nefertiti, presa en ese cortejo eterno, retorna la mirada. Y esa oposición tensa hace narrativamente perfecta la bella y completa composición del Neues Museum.
La desapasionada arquitectura de David Chipperfield y su pragmatismo no siempre habían logrado conjugar anteriormente su arquitectura ascética con el encanto. Pero la lucha de 12 años por la coexistencia de las huellas históricas y la abstracción en el Neues Museum ha generado algo grandioso. Si bien sus propuestas fueron criticadas por los grupos de presión que favorecen la reconstrucción original de edificaciones destruidas por la guerra en Berlín, Chipperfield ha seguido consecuentemente su concepto de multiplicidad de capas. Y el resultado es claramente más histórico que la mera reconstrucción histórica. Porque sólo la arquitectura y la exposición en su conjunto hilvanan el hilo conductor que va del cazador de mamut al moderno coleccionista de información, que hace del Neues Museum un museo universal de la historia. Y lo hace de un modo tan fascinante que tampoco el maestro de obras ve necesidad de saneamiento ni modernización.
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