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Reflexiones sobre 1989

Defensa de la libertad

Las ansias de libertad en Hungría, Polonia y la por entonces Checoslovaquia iniciaron en Europa procesos decisivos para las memorables transformaciones de 1989. Una retrospectiva

Adam Michnik

El año 1989 fue efectivamente un año de los milagros, un “annus mirabilis”. Las respuestas a la pregunta acerca de las causas del colapso del comunismo son diferentes, dependiendo del punto de vista del que contesta. Un norteamericano respondería que fue el resultado de la política de Estados Unidos. En el Vaticano se oirá que el ocaso del comunismo es principalmente un mérito del papa Juan Pablo II, que le quitó la legitimación al sistema, particularmente en Polonia. En Berlín se dirá que el colapso del comunismo fue sobre todo el resultado de una sensata “Ostpolitik”, que llevó que la Unión Soviética se viera obligada a hablar de cosas que antes nunca había querido debatir. En Moscú, todo el mundo está convencido de que fue un resultado de la “perestroika” de Gorbachov, y en Varsovia, que es un mérito del movimiento Solidarnosc y de Wałesa.

En pocas palabras: a esa pregunta no existe sólo una respuesta. Un complicado cúmulo de factores hizo que la elite política de la Unión Soviética llegara a la conclusión de que una cierta modernización democrática era ineludible y que de lo contrario el socialismo no sobreviviría. Yo estoy convencido de que Mijaíl Gorbachov quería modernizar el socialismo, pero no destruir la Unión Soviética. Paradójicamente, el comunismo colapsó porque las elites soviéticas creyeron que lo podían reformar, mientras que en realidad no era reformable. Mirando hacia atrás, veo cuatro perspectivas: una polaca, porque soy polaco; una rusa, porque allí fueron donde en realidad se repartieron los naipes; una centroeuropea, porque el ocaso del comunismo no fue un fenómeno solamente polaco, y finalmente también la perspectiva de Occidente.

Occidente no estaba de ninguna forma preparado para lo que ocurrió. Recuerdo mis conversaciones de entonces con muchos políticos estadounidenses importantes que venían a Varsovia. Ninguno suponía que la dictadura comunista iba a colapsar, no podían diagnosticar lo que sucedía en esos momentos en la Unión Soviética y no podían imaginarse –como tampoco nosotros en Polonia– que la Unión Soviética fuera a desintegrarse por completo. La “perestroika” liberó nuevas fuerzas y éstas desataron permanentemente nuevos procesos, que adquirieron una nueva dinámica. Durante mucho tiempo, ni las elites gobernantes comunistas ni la oposición en el este de Europa Central creyeron que en Rusia tuviera lugar efectivamente un proceso importante. En 1989 no estaba para nada claro que Gorbachov tendría que resignarse a aceptar la desintegración del Pacto de Varsovia y llevar adelante conversaciones acerca de una unificación de ­Alemania para salvar el comunismo en la URSS.

Revolución sin revolución

El año de 1989 es una fecha sumamente importante. A comienzos de año, solamente dos países, Polonia y Hungría, intentaban marchar por una senda propia. Pero ello cambió rápidamente, como en un caleidoscopio, adquiriendo importancia entonces incluso cada uno de los días que transcurrían. Lo que en enero aún no era posible, en febrero se transformó en realidad, y en marzo incluso se podía exigir más. Reflexionando acerca del sentido de lo que sucedió en la Mesa Redonda de Polonia, que se transformaría luego en modelo para otros países, constato que algunos factores son sorprendentes. Primero, fue una gran revolución sin revolución. Nadie salió a la calle, no hubo barricadas ni pelotones de fusilamiento. Todos los participantes tenían presentes las barricadas de 1980 y las erigidas durante la Ley Marcial. La conciencia histórica daba el marco de lo que veíamos como posible futuro. Nadie de nosotros tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo. Como diría Aleksander Kwasniewski muchos años más tarde, nadie sabe qué rumbo podrían haber tomado las cosas si ambas partes en Polonia hubieran sido conscientes de que el proceso desembocaría en una unificación de Alemania. No obstante, para la oposición estaba claro que una Alemania unificada era algo natural. Quizás no se tematizara abiertamente, pero lo pensábamos. Para mí era evidente que en las condiciones normales de una competencia democrática no se lograría mantener la división de Alemania y que la RDA era un Estado cuartel, que no podía seguir existiendo sin la presencia del Ejército Rojo. La oposición en Alemania Oriental pensaba de otra manera. Era la que más a la izquierda se hallaba entre todas las oposiciones de los países del Bloque Oriental, es decir, aspiraba a una democratización de la RDA. Las manifestaciones de otoño en la por entonces RDA comenzaron con la consigna “Nosotros somos el pueblo” y no “Nosotros somos un pueblo”.

En Polonia, el plan para la Mesa Redonda era la idea de una especie de “finlandización” de Polonia. Sabíamos que no podíamos ganar una guerra contra Rusia, por lo que debíamos apostar por lo que viniera de Rusia. Por esa razón, la “perestroika” era nuestro aliado natural. En 1988 escribí el artículo “El debate sobre el estalinismo” para el semanario “Tygodnik Powszechny”. La censura impidió su impresión, a pesar de que las citas menos gratas para la censura eran las que provenían de los diarios soviéticos. Ello demuestra con qué demora y contra qué resistencias llegó la “perestroika” hasta nosotros. La censura polaca ni siquiera aceptaba la palabra “estalinismo”. A fines de los años 80 del siglo XX, la prensa soviética era mucho más liberal y libre que los diarios polacos. No obstante, finalmente la censura dejó que se publicara el artículo. Fue mi primer artículo desde 1966 que apareció oficialmente firmado con mi nombre. También ello fue una señal del cambio.

Senda hacia la Mesa Redonda

Un segundo factor fueron paradójicamente las conversaciones germano-germanas, intensificadas hacia fines de los años 80. En esa fase le pregunté en uno de mis textos al general Jaruzelski por qué no era posible llevar a cabo conversaciones polaco-polacas, ya que existía una diálogo entre Honecker y Kohl. Diez años después quedó claro que el proyecto de modernización a través del estado de guerra tenía como objetivo básicamente una especie de “modelo chino”, sólo que nuestra dictadura no era tan fuerte como la de China. El Gobierno llegó a la convicción de que debía intentar algo nuevo, ya que la Polonia altamente endeudada no tenía salida por sus propias fuerzas. En su seno hubo durante largo tiempo forcejeos acerca de cómo evaluar la Mesa Redonda. Las huelgas de mayo y agosto de 1988 produjeron una situación en cuyo marco fue despedido el Gobierno de Zbigniew Messner. Como nuevo Primer Ministro fue designado Mieczysław F. Rakowski, durante muchos años redactor jefe del semanario “Polityka”. Rakowski se propuso mejorar radicalmente las condiciones de vida, para conquistar así un amplio apoyo para su política. El objetivo era marginar a la oposición de Solidarnosc.

Pero ese intento no tuvo éxito y en el régimen ganó terreno la idea de que era necesario negociar con la oposición. El debate en la televisión entre Lech Wałesa y el presidente de los sindicatos fieles al Gobierno, Alfred Miodowicz, fue decisivo. Esa noche, toda Polonia se hallaba frente a los televisores. Fue la hora de la verdad: Wałesa le ganó a Miodowicz por nocaut. El entusiasmo en Polonia fue desbordante. La senda para la Mesa Redonda había quedado abierta.

Adam Michnik

El Autor fue disidente anti­comunista y es hoy editor del ­mayor diario polaco, “Gazeta Wyborzca”.

Este texto es una versión abreviada del discurso de apertura de la conferencia “La libertad en la mira: Europa 1989/2009”, marzo de 2009

26.03.2009
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