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Herta Müller

El Premio Nobel de Literatura 2009 ha sido concedido a una mujer que escribe en un alemán rigurosamente bello acerca de los horrores de la dictadura y del terrorismo de Estado.

Erna Lackner

Herta Müller creció en un pueblo en Europa del Este, un enclave alemán en Rumania en el que desde 1945 se callaba más que se hablaba. Procede de un entorno agrícola, escribe, allí no se habla sobre uno mismo, ni siquiera se tiene el vocabulario para ello. Infancia en el sistema socialista de los años 50 y “la sensación de miedo se apoderaba de tu cabeza”. Pero precisamente de ahí debe de haber sacado la fuerza; en su momento la literatura investigará cómo surgió del silencio su rigurosamente bello lenguaje. Ella misma, también rigurosamente bella, escribe: “Escuchábamos más con los ojos que con los oídos. Las cosas obtenían una agradable pesadez, un exceso de peso prolongado que llevábamos en la cabeza. Las palabras no aportan ese peso porque no permanecen”.

En Estocolmo, no obstante, sus palabras sí que han permanecido. El galardón elogia sus poéticas y condensadas descripciones del “paisaje de los desposeídos”. Desde pequeña sabe lo que es ser una desposeída: hablaba con las plantas para sentirse aceptada al menos por ellas.

Entonces los soplones y esbirros de Ceaucescu le robaron también su base de subsistencia externa, en la fábrica de tractores donde trabajaba como traductora fue declarada enemiga del Estado. Y tras emigrar a Alemania en 1987 siguió estando marginada. El hecho de no poder deshacerse sin más del lastre que la dictadura había dejado en su vida no la colocó precisamente en el centro de su nuevo hogar alemán. Hoy sigue sin soportar que se reste importancia al terrorismo de Estado, le provoca la consabida impotencia, tristeza y rabia.

Pero Herta Müller tiene otro tema central del que se ocupa con entusiasmo y meticulosidad, y es la relación entre el silencio y el lenguaje. Ella sabe que “el silencio no es una pausa al hablar, sino una cosa en sí”. Su madre afirma que leer y escribir destroza los nervios, y hasta hoy no ha leído sus libros, afirma la escritora en entrevistas, además: “El silencio es una fuerza, igual que la narración. Cada uno debe poder establecer si se siente bien callando o narrando”. No obstante, Herta Müller ha llegado a su difícil comprensión del tener que hablar y saber callar en parte debido a sus encuentros involuntarios con el servicio secreto Securitate, a su vida “al filo de la navaja, en la que cada vez supe mejor lo que no se puede decir con palabras”. Y cuando Herta Müller dice acerca de la literatura, “escribir me parece siempre un acto de equilibrismo entre lo que se revela y lo que se oculta”, su técnica de codificación poética y compositora lo confirma.

Pero a esta premio Nobel hay que leerla. Un solo libro (y serán tres o cinco o más). Lo mejor es empezar por sus grandiosos ensayos que se publicaron en 2003 bajo el título Der König verneigt sich und tötet (El rey se inclina y mata). Éstos inician con fluidez, por una ruta de altura guiada, el acceso franco y ponderado a su obra, son como una llave para sus narraciones y novelas a veces artísticamente enigmáticas. Al leer sobre su relación con el lenguaje y la escritura uno siente ganas de leer más: ¿De dónde proviene esta alemana tan diferente con su lenguaje atemporal, ése alemán tan bellamente serio que permanece ajeno a todo elemento pop y a la ironía postmoderna? ¿Cómo empezó? Con historias de pueblo. Las primeras se llaman Niederungen (En tierras bajas), fueron publicadas en Bucarest en 1982 y narran, desde la perspectiva de un niño, la vida desconsolada, perdida y surrealistamente atrasada de Nitchidorf. En la obra de Herta Müller, cada palabra encaja a la perfección; “El baño suabo”, en el que cada sábado por la noche va metiéndose un miembro de la familia tras otro sin cambiar el agua, hasta que está sucia y fría, es una joya de la literatura. Desde la perspectiva del reluciente final, del premio Nobel, estas historias sobre los orígenes son viajes exóticos al corazón de las (pasadas) tinieblas. Pero en 1982, estas descripciones soliviantaban a los compatriotas del Banato. En aquel entonces, el escribir un libro de este tipo en un lugar tan pequeño anunciaba ya la fuerza incondicional e irreductible, la obstinación y persistencia de Herta Müller, esta persona pequeña, delicada y tímida de aspecto que hasta hoy sigue diciendo lo que piensa.

“La hormiga lleva una mosca muerta” Con este zoom hasta un pequeñísimo fragmento de vida, en el que sin embargo ya están presentes la amenaza y el desplazamiento de la perspectiva provocada por el terrorismo de Estado, comienza la primera de tres novelas que ha escrito Herta Müller sobre el truncamiento de la vida en un Estado de vigilancia: Der Fuchs war damals schon der Jäger (La piel del zorro) (1992), Herztier (La bestia del corazón) (1994) y Heute wär ich mir lieber nicht begegnet (Hoy mejor no me hubiera encontrado) (1997). La tensión y el miedo solapan la vida cotidiana, enajenan cosas conocidas, socavan amistades.

Y a la lista de lectura hay que añadir, por supuesto, su último libro Atemschaukel (Columpio de la Respiración) (2009). Su tono es ligerísimamente más suave, posiblemente por tratarse de un homenaje a su amigo escritor, ya fallecido, Oskar Pastior. Esta vez Herta Müller describe el terror en un escenario que ella no ha vivido, pero sí su madre y dicho poeta procedente de Transilvania. En 1945, 80.000 alemanes rumanos fueron cargados en vagones para ganado y deportados a campos de trabajo soviéticos, donde fueron tratados como animales de trabajo durante cinco años como castigo al acatamiento del nacionalsocialismo por parte de Rumania. A lo largo de las narraciones de Pastior, Herta Müller describe lo, en realidad, indescriptible: la deshumanización debido al hambre y el frío, el esfuerzo y la humillación. El joven Oskar, que en el libro se llama Leo, sólo lo soporta gracias a un lenguaje interior: “Sé que volverás”. Esta frase clave para la supervivencia se la transmitió su abuela, y otras palabras brillantes se las inventó: “Herzschaufel” (pala del corazón) y “Atem­schaukel” (columpio de la respiración), también “Hungerengel” (ángel del hambre). El que Herta Müller difunda imágenes lingüísticas tan poéticas en un libro sobre el Gulag no le habrá gustado a todo el mundo, pero su antiguo editor Michael Naumann responde: Quien le recrimine este arte tendrá también que privar al microscopio de todo derecho a desvelar la virulenta verdad de una infección.

Herta Müller ama el lenguaje, y ama el lenguaje preciso. También su respeto se percibe en cada palabra, en cada frase. Pero precisa: “No es verdad que exista una palabra para cada cosa. Tampoco es cierto que siempre se piense en palabras. Los ámbitos internos no se piensan con el lenguaje, lo arrastran a uno allí donde las palabras no pueden permanecer”.¿Se habrá hecho escritora por eso?

16.10.2009
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